Compórtese!

This entry is part 6 of 15 in the series Filosofía de la mente

Vimos en el post anterior que poco nos ayuda la postura de Descartes para nuestro problema de caracterizar/identificar a una mente distinta a la nuestra. Abandonémosla entonces, y exploremos una de las opciones que ya vimos. Dijimos que

Algo que se comporta como si tuviese mente (una máquina), y que yo no puedo distinguir de algo que si la tiene (un humano), ¿podemos decir que efectivamente tiene mente?

Partiendo de ahí, podemos buscar elementos que caractericen a un ser que tiene mente. Tomaremos mano temporalmente de la postura psicológica llamada conductista.

Según esta postura, “tener mente” se identificaría con tener ciertas disposiciones corporales para comportarse de cierta manera bajo ciertos estímulos. O sea, que responda de ciertas maneras a algunas situaciones. Esperamos que si le pregunto a alguien ¿qué edad tienes? responda con un número, y no (por ejemplo) con un color, o que se quede callado.

Esta opción conductista nos dice entonces que podemos “alcanzar” o “conocer” cosas respecto de los estados mentales ajenos observando la conducta del ser. ¿Cuánto podemos conocer de la mente usando este mecanismo? O sea, ¿existe un “mundo privado” de nuestra mente que es inexpresable, imposible de compartir o de alcanzar?

Esta pregunta es relevante, puesto que si me enfrento a un robot (o a un zombie filosófico), y si existen los “estados privados”, sucederá que este robot, si se conduce (imita) toda conducta de un ser con mente, entonces seré incapaz de determinar si efectivamente tiene o no una mente.

Por el otro lado, si no existen estos “estados mentales privados”, entonces hay un camino para identificar a un ser que sólo está imitando, pero que no tiene mente.

Veremos el el siguiente post un argumento que dice que no existen estos estados privados.

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