Nietzsche

En cuarto medio, teníamos clase de filosofía con el Fome. Hicimos grupos, y teníamos que entregar un trabajo de investigación sobre un filósofo escogido, moderno o postmoderno. Nosotros (con Matías) elegimos a Nietzsche.

No tenía PC, ni existía Wikipedia, ni Google en esos tiempos. Existía Internet, pero yo no lo sabía aún. ¿Qué se hacía en esos tiempos? Ir a la biblioteca del colegio y sacar algunos libros.

Estos libros me contaron las principales ideas de Nietzsche:

- La vida es devenir, por lo tanto las verdades son subjetivas.
— El eterno retorno.
— No te preocupes por posibles ‘otros mundos’ que no puedes detectar.
— La voluntad de poder.
— El súper hombre.
— “Dios ha muerto”.
— La trasmutación de los valores.

Intenté leerme ‘Así Habló Zaratustra’ que estaba en la casa, pero es muy largo. Me fue mejor con ‘El Anticristo’ y ‘Así se filosofa a martillazos’ (¡manerita de criticar a los cristianos!).

Tomé toda esa información y escribí (a máquina) dicho trabajo de investigación. Nos sacamos un siete me parece, pero le presté el trabajo a un amigo y nunca más lo volví a ver. Me gustaría leer lo que escribí.

Entre la nada y la cosa ninguna

Han eliminado el limbo, me cuenta La Tercera.

De esta manera, la Iglesia Católica demuestra que la religión es dinámica, y cambia con el tiempo. La lata es que a esos engranajes les falta un poco de aceite, para que se pongan más al día con algunas cosas.

Pese a que estudíe en colegio católico, en realidad los curas se esforzaron más en lo social que en lo dogmático, lo que agradezco. No salimos expertos en cosas como asunciones, ascenciones, concepciones inmaculadas, naturalezas trinitarias, ni nada de eso, pero algo practicamos de ir a trabajar con obreros, y vivir en poblaciones pobres.

Me parece bastante más útil la parte social que la otra.

Triángulo amarillo

Cuando entré al colegio, al Kinder D, nos asignaron a cada uno un distintivo. Como no todos sabían leer (a mi me enseñaron en el Jardín del Pompeya), eran figuras con colores.

Había triángulos, círculos, cuadrados, rombos. Amarillos, rojos, verdes, azules. Mmmmm, eso dan 16 posibilidades, y éramos como 24 o 28 alumnos, bueno, captan la idea.

Como se deduce del título, yo era el triángulo amarillo. Entonces mis carpetas, mi casillero, mi caja de lápices, cuadernos, todo, estaba marcado con dicho distintivo. También la famosa bolsa azul de género que nos colgábamos en vez de mochila, y que a mi me sirvió sin problemas hasta cuarto básico.

Recordé esto porque h0y mi cuñada Bea bordaba un triángulo morado de 10 [cm] para marcar la mochila del Agustín, que mañana entra a clases. Claro, ahora es una mochila oficial, con el símbolo del colegio y todo.

Pela’ito bueno

De quinto a octavo nuestro profe de Ciencias Naturales fue Mario Gárate. Esas clases solían ser de dos módulos seguidos, y se desarrollaban así:

El profe llegaba con su maletín y su impermeable saludando “buenos días, buenos días, buenos días, Dutrey pa’fuera” (costumbre que Dutrey primero alegaba pero luego asumía).

La primera mitad de la primera hora era una especie de charla científica, de temas diversos de física, astronomía, etc.

La segunda mitad de la primera hora, con la caja de tizas que traía el profe, dibujaba un pez precioso, a todo color, con lujo de detalles, y sus partes.

La primera mitad de la segunda hora nos pasaba fichas para que desarrolláramos en trabajo personal.

La segunda mitad de la segunda hora nos decía que nos quedáramos tranquilos mientras esperábamos el timbre.

A Palote, cuando por fín se sacó una buena nota le dijo “a tí te he subido muchas notas, por lo que esta te la voy a bajar”.

Para los trabajos de laboratorio, yo era como su ayudante o monitor, y tenía que elegir un compañero para ir a arreglar el laboratorio y recibir a los grupos. Lo que hacíamos era echarle fenolftaleína a las papas para ver su almidón, bañar en mercurio monedas de cien pesos, o hervir levadura con azúcar para destilarla y obtener alcohol.

El profe siempre escribia con pluma, y su firma era bastante complicada. Tenía una especie de signo peso por ahí ($), y el profe decía que era para que le “llegara platita”.

A todos nos trataba de “pela’itos”, y nos decía si éramos “pela’itos buenos” o “pela’itos malos”.

La hora de los quiubo

El primer día de clases de octavo básico, nuestro profesor jefe nos indicó que, luego de la semana ignaciana, habría una instancia denominada “la hora de los quiubo”, donde se establecerían las responsabilidades derivadas de los resultados de dicha actividad.

La hora de los quiubo” junto con “las patrañas de los curas comunistas” son interesantes elementos de dicho año.

No hubo hora de los quiubo, porque el rector le indicó a nuestro profesor jefe que el fondo de la semana ignaciana es competir sanamente, y la instancia indicada no ayudaba con lo de sanamente.

Recuerdo también de ese 1991, que una tarde fría de invierno comenzó a caer agua nieve, y salieron los otros octavos del primer piso (nosotros en el segundo) a ver la novedad, y no solo recibieron agua nieve, sino que algún tipo de agua humana.

Ese año eran los trabajos de música que eran más que globales, tenían tres notas, que incorporaban la grabación de un casete con fragmentos y comentarios. El profesor de dicho ramo se regocijaba de dos maneras: a) siempre entregaba las notas de más malas a mejores, en voz alta y lentamente; b) llamaba enormemente la atención respecto a los elementos sonoros de dichos casetes tipo “¡a tomar once!” o “creo que esto es Beethoven”.

¿Fue ese año el “Jadue, pregone”?

COMOTIPERNU

Es la forma de analizar el verbo. Nos lo dijo Ximena Pinto el ’88.

COnjungación: Primera (ar), segunda (er), tercera (ir).

MOdo: Infinitivo, Indicativo, Subjutivo, Imperativo, otros.

TIempo: Pretéritos, presentes, futuros, condicionales, otros.

PERsona: Primera, segunda, tercera.

NÚmero: Singular, plural.

Comida ignaciana

Me llamó la atención:

  1. La Estación Mapocho estaba repleta.
  2. El discurso del Rafa Araneda fue bastante distinto al de la última vez que lo vi.
  3. Entiendo que algún hermano mío fue, y no nos topamos.
  4. Se notaba claramente quiénes éramos del Bosque y quiénes del Alonso Ovalle.
  5. Era difícil darse cuenta quiénes eran mayores o menores que tú, en el rango “cerca de los treinta”.
  6. Hubo una especie de efecto “vuelta al colegio” que no esperaba, con unos individuos mayores subiendo al escenario pidiendo botellas de vino gratis porque “tenemos ganas de chupar”, y otros menos mayores tirando las servilletas al aire y tirándose encima de la cerveza.
  7. Nos repetimos libremente en la  comida, entrada y fondo al menos.
  8. Se notó claramente que el colegio no es mixto, las promotoras fueron silbadas, chifleadas, gritadas y churreadas.
  9. No ví ningún profesor mío, excepto al Pato Rossel.

Mmm, eso por el momento.

 

Lectura en voz alta

No sé cómo llegó este recuerdo a mi cabeza.

Era tercero o cuarto básico, y la profesora jefe de esos tiempos, Gloria Rubio (también conocida por otros epítetos no muy alagadores que hacían referencia a que tenía un ojo más pequeño que el otro), me avisó un día que me había inscrito en un concurso de lectura.

Acá se me nubla todo, había que ir un sábado, y yo fui con mi abuela, con “ropa de calle” (ja, ese término es muy de colegio). Era una sala grande, oscura, y adelante había otro niño leyendo, frente al público. Este niño estaba con uniforme de colegio. Yo suponía que ahí mismo me iban a pasar un texto, pero estaba equivocado, había que traer uno preparado.

No había nadie del colegio (ni siquiera la profe que me inscribió), y no cachábamos nada, por lo tanto dimos media vuelta y nos fuimos. Raro el recuerdo.

Ahora, por asociación de ideas, me acuerdo que además en clases de castellano (así se llamaba en esos años, nada de ‘lenguaje’ y nombres bonitos), nos hacían ir uno a uno al frente, leer un texto, y nos calculaban las palabras por minuto. Creo que en sexto, con la Norka Díaz (adivinen el sobrenombre que le teníamos, ja, con ese nombre y además no era exactamente delgada), había que leer 180 a 200 palabras por minuto. Qué asco.

El pasa”

Hoy, en el cumpleaños de Claudio, apareció un amigo del colegio con el que compartieron de kinder a cuarto medio.

Entre la conversación, sucedió lo siguiente:

- ¿Sabías tú que el sobrenombre perdura hasta el día de hoy?
— ¿Gueta?
— Claro, en primero partieron diciéndome “El Gueta Chico”, y luego derivó en Gueta.
— Ya, pero ese no era el sobrenombre que te teníamos, ¿no te acordaí?
— ¿¿??
— Oficialmente erai “El Pasa”.
— Ja ja ja ja, ¡si me acuerdo!
— Andabai siempre con la cotona súper arrugada.
— ¡Sí! Decían que parecía que luego de lavarla la hubiese guardado mojada en una caja de fósforos.

180°

Escuchaba iPod mientras laboraba, cuando apareció la canción “180°” del grupo chileno Sexual Democracia.

Inmediatamente me llegó a la memoria 1992, primero medio, invierno, Sexta Región, La Leonera.

El “campamento de la amistad”.

En mi grupo estaban entre otros Juan Jacobo, Honix (“paga la cuota”), Zilindro, Glass, y el guía era Fra Fra. Y nos denominamos “Los Sopa” porque lo primero que hicimos al llegar al sitio en medio de la lluvia fue calentar agua y compartir una sopa.

Las conexiones de mi cerebro asocian todo eso con esta canción.